Estados Unidos crece, pero cada vez cuesta más sostenerlo

Ilustración crecimiento de EE.UU y costo del crédito
El país mantiene su expansión económica, pero la deuda, los intereses y la inflación elevan el costo de financiar empresas, hogares e incluso al propio Gobierno.

Estados Unidos sigue creciendo. Pero hacerlo cuesta cada vez más. Esa es una de las principales contradicciones que enfrenta hoy la mayor economía del mundo: la actividad mantiene su fortaleza, las empresas continúan invirtiendo y la inteligencia artificial abre un nuevo ciclo tecnológico, pero financiar todo ese crecimiento se vuelve progresivamente más caro.

El problema puede resumirse en cuatro números: US$40 billones de deuda pública, casi US$2 billones de déficit anual, US$1,36 billones destinados al pago de intereses y rendimientos de los bonos del Tesoro que se mantienen elevados.

No se trata de una crisis inmediata. Estados Unidos conserva una enorme capacidad para financiarse en dólares y continúa siendo el principal mercado financiero global. Pero la ecuación está cambiando.

Durante años, una economía que crecía podía compensar parcialmente el peso de una deuda elevada. Ahora, el crecimiento debe convivir con un costo financiero mucho mayor. Y eso afecta a todos.

Afecta a Washington, porque debe pagar más para refinanciar su deuda. A las empresas, porque aumenta el costo del capital. A los consumidores, porque los créditos se encarecen. Y a los inversores, porque los bonos del Gobierno ofrecen rendimientos suficientemente elevados como para competir con activos de mayor riesgo.

El crecimiento no alcanza para resolver la deuda

La economía estadounidense mantiene un ritmo de expansión positivo. El Producto Interno Bruto real creció a una tasa anualizada de 2,2% durante el segundo trimestre de 2026, según la tercera estimación de la Oficina de Análisis Económico. En el primer trimestre, el crecimiento había sido de 2,5%. El consumo, la inversión y las exportaciones estuvieron entre los principales motores de la expansión.

Es un resultado razonablemente sólido. Pero existe una diferencia importante entre que la economía crezca y que ese crecimiento sea suficiente para resolver los desequilibrios fiscales.

El Gobierno federal cerró el ejercicio fiscal 2026 con un déficit cercano a los US$2 billones, un 12% superior al del año anterior. Fue el tercer déficit más elevado registrado en la historia estadounidense. Mientras tanto, la deuda federal superó los US$40 billones en agosto.

El dato que más preocupa a los analistas no es solamente el tamaño de la deuda, sino cuánto cuesta mantenerla. Los intereses pagados por el Gobierno alcanzaron aproximadamente US$1,36 billones durante el ejercicio fiscal 2026, un récord histórico.

Eso significa que una parte cada vez mayor de los recursos públicos debe destinarse a pagar deuda acumulada en lugar de financiar nuevas inversiones, infraestructura, programas sociales o reducción de impuestos. Y aquí aparece el círculo que preocupa a los mercados.

Si el Gobierno mantiene un déficit elevado, necesita emitir más deuda. Si los inversores exigen mayores rendimientos para comprar esos bonos, el costo de financiamiento aumenta. Y si el costo de los intereses sube, el déficit puede aumentar todavía más. El crecimiento económico ayuda, pero por sí solo no rompe ese mecanismo.

La propia evolución del mercado de bonos está enviando una señal. El 19 de octubre, el rendimiento del bono del Tesoro estadounidense a 10 años se encontraba en torno al 5,09%, mientras que el bono a 30 años rendía aproximadamente 5,43%, según datos de la Reserva Federal.

Para entender la importancia de esos números basta con mirar al sector inmobiliario. La tasa de las hipotecas a 30 años llegó recientemente a 7,40%, según datos citados por Reuters. Eso está muy lejos de las tasas cercanas al 3% que fueron habituales durante buena parte de la década pasada.

Pero el efecto no termina en las viviendas. Una empresa que necesita financiar una fábrica, comprar maquinaria o ampliar su capacidad productiva también debe enfrentar un costo de capital más elevado.

Para una gran corporación con acceso a los mercados internacionales, ese problema puede ser manejable. Para una empresa mediana, puede significar postergar una inversión, reducir el endeudamiento o aceptar un proyecto con menor rentabilidad.

Por eso, el debate sobre la deuda estadounidense dejó de ser exclusivamente un asunto de Washington. Se convirtió en una cuestión empresarial.

La inteligencia artificial acelera la demanda de capital

La segunda gran paradoja está en la inteligencia artificial. Las grandes empresas tecnológicas están invirtiendo cantidades extraordinarias en centros de datos, semiconductores, infraestructura digital, electricidad y equipamiento. Ese proceso puede impulsar la productividad y generar un nuevo ciclo de crecimiento. Pero también requiere capital.

Y una economía que demanda enormes cantidades de financiamiento mientras las tasas permanecen elevadas enfrenta una tensión evidente. Por eso, la Reserva Federal de San Francisco viene siguiendo de cerca ese fenómeno. Su análisis muestra que la inversión en equipos vinculados al procesamiento de información está creciendo a ritmos extraordinariamente elevados, impulsada en buena medida por la expansión de la inteligencia artificial.

El fenómeno tiene además una consecuencia menos evidente: determinados componentes tecnológicos que históricamente tendían a bajar de precio comenzaron a mostrar aumentos importantes. La inteligencia artificial puede, por lo tanto, generar ganancias de productividad en el futuro y, al mismo tiempo, aumentar determinadas presiones de precios en el presente.

Ese escenario complica el trabajo de la Reserva Federal. El banco central necesita evitar que la inflación permanezca demasiado tiempo por encima de su objetivo del 2%, pero tampoco quiere enfriar una economía que continúa creciendo.

La herramienta tradicional para combatir la inflación son las tasas de interés. Pero subirlas tiene un costo. Afecta a los consumidores que necesitan crédito. Presiona a las pequeñas y medianas empresas. Reduce el atractivo de nuevas inversiones. Y encarece también el financiamiento del Gobierno federal.

La situación es especialmente delicada porque la inflación todavía no está completamente controlada. Al mismo tiempo, el mercado laboral y el consumo han demostrado una resistencia mayor a la esperada.

La inteligencia artificial agrega una nueva variable: algunas de las compañías que lideran la inversión tecnológica tienen suficiente liquidez para continuar gastando incluso con tasas altas. Las pequeñas empresas no necesariamente tienen esa ventaja.

El resultado puede ser una economía cada vez más dividida entre compañías con acceso abundante al capital y empresas que dependen del crédito bancario para crecer. Y para los ejecutivos, esa diferencia empieza a ser relevante.

Una tasa elevada no solamente modifica el costo de un préstamo. También cambia la evaluación de cada proyecto de inversión. Cuanto más caro es el dinero, mayor debe ser el retorno esperado para justificar una nueva fábrica, una adquisición, una expansión internacional o una contratación.

Ese mecanismo puede terminar moderando el crecimiento incluso sin provocar una recesión. Y esa es precisamente la situación que Estados Unidos intenta evitar.

Por ahora, no hay señales de que la economía esté al borde de una contracción. El escenario es diferente: el crecimiento continúa, pero mantenerlo exige cada vez más recursos financieros.

Wall Street ya está observando esa transformación. Los rendimientos elevados de los bonos del Tesoro ofrecen una alternativa atractiva frente a las acciones y otros activos de riesgo. Al mismo tiempo, el aumento de las necesidades de financiamiento del Gobierno obliga al mercado a absorber una enorme cantidad de deuda.

Economistas y empresarios comparten el diagnóstico

Según The Wall Street Journal, una encuesta realizada en octubre entre 71 economistas académicos, financieros y empresariales mostró que muchos esperan que los rendimientos de los bonos estadounidenses permanezcan elevados. Más de un tercio de los consultados considera posible que el bono del Tesoro a 10 años se mantenga en torno al 5% o por encima durante 2027.

Ese dato ayuda a entender el cambio de escenario. Durante la década posterior a la crisis financiera de 2008, las empresas y los gobiernos pudieron acostumbrarse a un mundo de dinero relativamente barato. Pero ese mundo ya no existe. Ahora el capital tiene un precio más alto. Y Estados Unidos, pese a su enorme fortaleza económica y financiera, no está completamente aislado de esa realidad.

La pregunta para los próximos años no será solamente cuánto crecerá la economía estadounidense. Será cuánto costará financiar ese crecimiento. Si la productividad aumenta con suficiente fuerza, la inteligencia artificial genera nuevas ganancias y la economía mantiene un ritmo saludable, Estados Unidos tendrá margen para absorber una parte importante de esa presión.

Pero si el déficit continúa creciendo, los intereses siguen aumentando y las tasas de largo plazo permanecen elevadas, el costo financiero puede convertirse progresivamente en un freno.

Por ahora, la historia no es la de una economía estadounidense en crisis. Es más interesante que eso. Es la historia de una economía que sigue creciendo, pero que está descubriendo que crecer también tiene un precio.

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